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Capítulo 3: Las cartas de nadie

Resumen de Harry Potter y la piedra filosofal: Capítulo 3 – Las cartas de nadie

Después de la fuga de la boa constrictor, que ocurrió en el capítulo 2, Harry estuvo castigado sin salir de su alacena hasta las vacaciones de verano. Para entonces, Dudley ya había destrozado la mayoría de los regalos que le habían hecho por su cumpleaños. Ahora que era verano, a Harry se le complicaba poder escapar de la banda de Dudley, ya que visitaban la casa todos los días.

Por esto, Harry pasaba tanto tiempo como fuese posible fuera de casa, y soñando con el fin de las vacaciones, ya que, en septiembre ambos empezarían a estudiar secundaria, y, por tanto, irían a colegios distintos. Dudley iría a Smelting y Harry a Stonewall.

Un día del mes de julio, Petunia llevó a Dudley a Londres para comprarle su nuevo uniforme, dejando a Harry con la señora Figg. Por la tarde, Dudley desfiló por el salón para mostrar su nuevo uniforme.

A la mañana siguiente, cuando Harry fue a desayunar, se encontró con un cubo lleno de lo que parecían trapos sucios. Cuando le preguntó a su tía que era aquello, ésta le respondió que era su nuevo uniforme del colegio. En realidad eran viejas prendas de Dudley que ella estaba tiñendo de gris.

Cuando llegaron Dudley y Vernon a la cocina, todos escucharon el ruido del buzón. Harry fue a buscar la correspondencia. Cuando recogió las cartas, vió que había tres: una postal de Marge, una factura y una carta para Harry. Era la primera vez para él que recibía una carta. No sabía quién podía ser, pero una carta dirigida a él de una manera tan clara, no podía ser errónea.

Señor H. Potter
Alacena Debajo de la Escalera
Privet Drive, 4
Little Whinging
Surrey

Capítulo 3 de Harry Potter y la piedra filosofal. JK Rowling

Cuando Harry volvió a la cocina, sólo Dudley se dió cuenta de que Harry había recibido una carta, y avisó a su padre. De repente, Vernon le arrancó la carta de las manos a Harry, cuando éste protestó, Vernon le dijo de forma despectiva «¿Quién te iba a escribir a tí?». Cuando reconoció la carta se quedó pectrificado. Le dejó leer a Petunia la primera línea y ésta también quedó impactada.

Mientras tanto, Dudley, poco acostumbrado a que no le hicieran caso, golpeó a su padre en la cabeza con el bastón del uniforme de Smelting mientras gritaba que quería leer la carta.En respuesta, Vernon echó a Harry y a Dudley de la cocina.

Una vez fuera, Dudley y Harry se pegaron a la puerta a escuchar lo que sucedía en la cocina.

Aquella noche, cuando regresó del trabajo, Vernon fue a visitar a Harry a su alacena, cosa que no había hecho nunca. Cuando Harry le preguntó por la carta, él le respondió que estaba escrita a Harry por error, así que la había destruído. También le dijo a Harry que se mudase al segundo dormitorio de Dudley.

La casa de los Dursley tenía cuatro dormitorios: uno para Vernon y Petunia, otro para las visitas, el tercero era el de Dudley y en el último se guardaban todos los juguetes y cosas que no cabían en el de Dudley. En ese dormitorio casi todo lo que se guardaba estaba roto. Lo único que parecía que nunca se había tocado eran los libros.

Dudley estaba en estado de conmoción. Por primera vez, no había conseguido que sus padres hiciesen lo que él quería, no había conseguido recuperar ese segundo dormitorio. Cuando llegó el correo, Vernon hizo que fuese a buscarlo Dudley.

Cuando llegó a la puerta, Dudley gritó que había otra carta. Vernon fue corriendo a quitarle la carta a Dudley, que no quería darsela. Una vez consiguió la carta, echó a Harry a su habitación y echó a Dudley de allí.

A las seis de la mañana del día siguiente sonó el despertador de Harry, quien lo apagó rápidamente y se vistió en silencio. Tenía pensado esperar al cartero en la esquina de Privet Drive, para así poder leer su carta antes de que su tío pudiese impedirselo. Pero cuando estaba atravesando el recibidor, se tropezó con Vernon, que había dormido en la puerta, en un saco de dormir, justo para prevenir lo que Harry quería hacer.

Aquel día Vernon, en lugar de ir a trabajar, se quedó en casa, tapiando el buzón. El viernes, cuando las cartas llegaron para Harry, como no las podían echar en el buzón, las habían pasado por debajo de la puerta, y por cualquier rendija existente. Vernon se quedó en casa otra vez y, después de quemar todas las cartas, salió con el martillo y los clavos para tapiar las dos puertas de la casa de tal modo que nadie pudisese salir.

El sábado, las cosas empezaron a descontrolarse. Lograron entrar veinticuatro cartas, escondidas incluso en dos docenas de huevos. El Domingo Vernon estaba feliz, ya que no había correo los domingos. Pero durante el desayuno, algo llegó zumbando por la chimenea de la cocina y le golpeó en la nuca. Al momento, treinta o cuarenta cartas cayeron de la chimenea.

Vernon sacó a Harry de la cocina para evitar que pudiese coger una carta. Cuando Petunia y Dudley salieron, les gritó que cogiesen algo de ropa para salir, que tenían cinco minutos.

Diez minutos después, estaban todos en el coche, avanzando por la autopista. De vez en cuando, Vernon daba la vuelta y conducía un rato en sentido contrario.

Ese día no hubo ninguna parada para comer o beber. Vernon se detuvo finalmente ante un hotel en las afueras de una gran ciudad. Al día siguiente, mientras desayunaban, se les acercó la dueña del hotel preguntando por H. Potter, ya que tenía unas cien cartas para él en el mostrador. Cuando les enseñó una de las cartas, pudieron leer en la dirección:

Señor H. Potter
Habitación 17
Hotel Railview
Cokeworth

Capítulo 3 de Harry Potter y la piedra filosofal. JK Rowling

Vernon fue a recoger las cartas y se pusieron de nuevo en camino. Los llevó al centro de un bosque, salió del coche, miró alrededor, negó con la cabeza, volvió al coche y lo puso de nuevo en marcha. Repitió la operación en mitad de un campo arado, en un puente colgante y en un aparcamiento de coches.

Cuando aparcó en la costa, los dejó encerrados en el coche y se fue. Mientras esperaban, Dudley recordó que era Lunes, ya que su programa favorito de televisión era esa noche. Harry se dió cuenta de que si era lunes, el día siguiente, el martes, era su undécimo cumpleaños.

Cuando volvió Vernon, estaba sonriente, y llevaba un paquete largo y delgado. Lo primero que dijo al llegar era que había encontrado el lugar perfecto, mientras señalaba una choza encima de una gran roca en el mar. Además anunció alegremente de que habría tormenta esa noche.

El interior de la choza era horrible, el viento se colaba por las rendijas de las paredes de madera y la chimenea estaba vacía y húmeda. Vernon intentó encender un fuego con las bolsas vacías de la comida, pero sólo salió humo.

Vernon estaba de muy buen humor. Era evidente que pensaba que nadie iba a ir a buscarlos allí, y menos con una tormenta a punto de estallar.

Al llegar la noche, también llegó la tormenta. Petunia encontró unas pocas mantas, con lo que preparó una cama para Dudley en el sofá. Ella y Vernon se acostaron en una cama y Harry tuvo que contentarse con un trozo de suelo y taparse con la manta más delgada.

La tormenta iba aumentando de ferocidad con el paso del tiempo. Harry no podía dormir. Se fijó en el reloj luminoso de Dudley y se dió cuenta de que quedaban cinco minutos para que fuese su cumpleaños cuando escuchó algo que crujía fuera de la casa, cuando faltaban dos minutos el estruendo era tal que creía que las rocas se estaban desplomando en el mar. Y, a medianoche, toda la cabaña se estremeció.

Alguien estaba fuera, llamando a la puerta.